El político y su partido
Rafael Segovia
Por fin el Presidente se decidió a contestar, ante las críticas suscitadas por la utilización del Ejército contra la delincuencia organizada. La respuesta fue breve, poco clara y, como de costumbre, dijo ser un servidor del pueblo y sólo intervenir por decisión de éste. La defensa de su decisión era, a la par, una crítica de los diputados del PRD y de algún despistado del PRI a quien no se había informado de los compromisos del presidente de los diputados de este partido en la Cámara. Las palabras del Presidente no aclaran cómo va, de ahora en adelante, a decidir su política.
Sólo va a actuar por mandato de los mexicanos. Es una figura retórica utilizada hasta el cansancio. No se sabe de qué mexicanos se trata y, sobre todo, no se sabe cómo pueden transmitir sus deseos al Presidente puesto que, de salida, no son representados, en el sentir de éste, por los diputados. No se puede pensar que los medios de comunicación sean el instrumento de transmisión de esta voluntad, por lo demás inconcreta, dividida cuando se consolida, equívoca por el mal conocimiento del tema. La retórica es inevitable y se añade a un discurso donde no se pretende decir la verdad y cuando se conoce de manera aproximada qué piensan algunos sectores de la política, el miedo a estas ideas es tal que se guarda bajo llave durante dos años, mientras se asegura que son esas ideas las que alimentan las decisiones del gobierno.
La debilidad de los poderes de Felipe Calderón es obvia. Está presente en sus arengas, en su imagen, en su voz y en su gesto. Su equipo no ha encontrado las palabras convincentes, el tono necesario para llegar hasta quienes tiene delante. Haberse despojado de la chamarra militar ya es un paso serio, consecuencia no de sus consejeros de imagen sino de unos caricaturistas sangrientos, cuyos dibujos asesinos son lo único comprensible para el equipo psicológico presidencial. Presentarse en todas partes en mangas de camisa es ya una moda universal. El único que no la ha adoptado o lo hace sólo en muy contadas ocasiones es Putin. Bush no pierde ocasión de andar descamisado, al igual que Hugo Chávez, que se presenta donde puede enfundado en una camisa roja al parecer bolivariana. ¡Qué diferencia media entre estos señores y un Allende a la puerta del Palacio de La Moneda, con saco y corbata, con una metralleta en la mano, esperando ser asesinado por los generales chilenos!
El hábito no hace al monje, pero el discurso sí hace al político. Es más, no hay político sin discurso, sin poder de convencimiento, sin seguridad en su palabra. Estas capacidades serán ajenas al político cuando, lo que ya es casi una regla, lee discursos escritos por sus ayudantes. Con frecuencia en ese momento se entera de lo que está diciendo. El político también está obligado a improvisar, eso no quita que debe saber siempre lo que dice, porque su necesidad y su obligación es vivir pensando, además de saber adonde va, qué se le puede preguntar y qué puede pedir a sus auditores. El hombre de gobierno y el de oposición necesita siempre tiempo, debe poder encerrarse para preparar su discurso, su alocución o incluso su artículo. Debe pues construir su imagen solo, sin ayuda de unos profesionales capaces de dar a conocer el divorcio de una artista de cine pero no un hombre donde se deposita el poder. La actriz de cine puede ser una retrasada mental, sin que esto afecte más que a quienes viven en su entorno: no es el caso del político. Sin imagen no puede convencer ni puede superar el desfase entre su imagen pública y su realidad como persona. Tarde o temprano el hombre real aparece, como sucedió con Vicente Fox y la señora Marta. El dinero no pudo esconder de modo permanente a la persona que se escondía tras el personaje. El histrionismo tiene sus límites.
Felipe Calderón no ha hecho ningún esfuerzo para representar lo que no es. Ni para mostrar lo que es. Ha preferido quedarse en un segundo plano, borroso, sin dar a conocer cuanto realmente piensa. Sobre lo que de él se espera como de todo hombre dueño de una autoridad no ha dicho una palabra. Se ha conformado con recurrir a la retórica al uso: la patria por encima de todo, gobernar de acuerdo con los deseos de los mexicanos, buscar el bien común. Fuera de eso, nada. Imaginar qué desearía en verdad, le resulta una tarea excesiva. De sus promesas de campaña no queda ni siquiera el recuerdo, ni tampoco de su partido.
El PAN tuvo desde 1939 hasta 2000 para prepararse como partido para gobernar a México. Tan afecto a recordar los años de gobierno del PRI, puede ahora mirar para atrás y ver qué ocurrió con los deseos de los Gómez Morin, los González Luna y otros santos de su panteón. Algunas críticas de aquellos hombres fueron ciertas, aunque no construyeron nada nuevo en el mundo político, que no fueran las manidas doctrinas conservadoras europeas, propagadas por el Vaticano. No acertaron ni por asomo en la construcción de un personal político nuevo, acorde con México, con el México del siglo XXI. A lo más que han llegado es al reclutamiento de una minoría sin orientación ni cuerpo de pensamiento, infiltrada por un sucedáneo del Opus Dei. Algo por lo tanto ajeno a cuanto necesita la nación. Son incapaces de aprender la lección y de escarmentar en cabeza ajena. Su ambición es recrear un sistema político correspondiente al siglo XIX, autoritario, con una Iglesia dominante e impositiva, clases populares domadas y obedientes, un patronato egoísta, con espíritu de clase y cerrado a la novedad, una enseñanza también misoneísta y restringida. Piensa este PAN -y el de antes también- en un mundo imaginario en la forma pero sórdido en el fondo. Querría imponer un mito triste en un país que no le escucha desde hace siete décadas. Es posible que dividido se le oiga mejor.
Reforma
01/06/2007
